sábado, 13 de marzo de 2010


Jacinto Convit y el pensamiento científico

Para muchos, casi todos los venezolanos, el 11 de septiembre recuerda el tristemente célebre ataque terrorista que acabó con el Wall Trade Center, de Manhantan y sus icónicas torres gemelas.

La mayoría de nosotros desconoce que ese día se conmemora el nacimiento de un venezolano célebre, por su humildad, ética y logros científicos: el doctor Jacinto Convit, médico que creó la primera vacuna contra la lepra y que a sus casi 97 años sigue trabajando, atendiendo gratuitamente a los venezolanos en el Hospital Vargas.

Recientemente la biografía de Convit fue divulgada por Globovisión. Sin dudas faltó tiempo para que el país conociera los detalles de una vida pulcra, ejemplo para futuras generaciones. El doctor Convit, expresó con suficiente sencillez, que aun no entiende por qué le han dado tantos reconocimientos: premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica; Premio Nacional de Medicina, premio Ciencia y Tecnología de México y los premios Panamericanos Soopr y Horowitz; Doctor Honoris Causa de varias universidades de EE UU y nominado al premio Nobel de Medicina. Explicó que simplemente hizo su trabajo, su pasión y su compromiso como galeno.

Un hombre grande, que para su gloria o desgracia vive en un país que poco o nada valora su trabajo. Pocos venezolanos conocen su ejemplo, digno y harto suficiente para estimular valores en nuestra sociedad.

¿Por qué tiene más importancia el reguetonero del momento para los medios de comunicación? ¿Por qué los políticos y sus problemas, siguen siendo la prioridad para nuestra sociedad? ¿Por qué no se fomenta el respeto a nuestros talentos científicos? ¿Por qué talento, es sinónimo de modelo, cantante quinceañero o deportista?

Si la respuesta a estas preguntas son el conformismo, la crítica y la indiferencia, entenderemos por qué la sociedad venezolana sigue distorsionada. Criticamos, pero somos incapaces de reconocer que buena parte de la culpa del estado de cosas que tenemos en el país, parte y termina en nosotros. En nuestras bajas pasiones.

¿Cuántos programas educativos hay en la televisión nacional; cuántos estimulan el conocimiento científico; cuántos proyectan la construcción de una sociedad que trascienda a la mediocre diatriba política o la banal moda musical? Si contamos, veremos que sobrarán dedos en las manos.

Seguramente por eso Convit, concluyó, cuando le preguntaron su opinión sobre el país, que en Venezuela no podremos hablar de desarrollo, si no estimulamos a los venezolanos a querer a la ciencia, la investigación. No pretendió el doctor señalar que todos deberíamos ser científicos; quiso detallar que todos debemos tener el pleno entendimiento de la importancia de serlo y de querer serlo.

Una sociedad que piensa científicamente comprenderá que las soluciones a sus problemas no están en Mesías o en medidas coyunturales. Esta sociedad es consciente de su realidad y como conglomerado asume los retos con dedicación, sin miedo al fracaso.

¿Cuánto nos falta para ser una sociedad científica? Quizás mucho, quizás poco. Dependerá básicamente de una decisión general de la sociedad, de pensar más allá de la política. Una sociedad que trascienda a vivir y sentir problemas de dirigentes egoístas que poco o nada les importa el crecimiento del país como ciudadanía.

El primer paso, no tiene que ser dado por los gobiernos, ni por los políticos. No podemos esperar como país a que estos grupos, empeñados en proteger sus intereses, vean o detecten la importancia de hacer ciencia, de hacer patria.

Los medios de comunicación, grandes y pequeños sí tienen esa función, pero lamentablemente, son parte de esa diatriba política, a la cual han sido convidados. Una vez que la gran prensa comprenda cuál es rol en la sociedad, figuras como el Doctor Convit, serán conocidas y respetadas. Ojalá que no sea tarde.

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